Una de esas faenas a recordar

20/05/2022

CÓRDOBA
Ovación y dos orejas
María Guiomar Cortés de Moura

 

Hay caballos eternos aun en tiempo presente. Caballos que ya están en la historia aunque su historia no se ha terminado de escribir. Caballos que demuestran que nunca se toreó como ahora y, a la vez, que el techo todavía queda lejos. Caballos sencillamente perfectos porque perfecto es lo que realizan ante los toros. Verbigracia, Nazarí. La estrella por excelencia en la cuadra del genio, plagada de estrellas que ya brillan por derecho propio. Pero Nazarí es Nazarí: palabras mayores. Lo suyo es un don que Diego Ventura supo esculpir y sacar a la luz, a los ojos (impresionados) de todos. Ese don se llama temple y encierra todo el toreo en sí mismo. Hoy, en Córdoba, lo demostró una vez más Nazarí ante el buen cuarto toro del lote de su torero. Un toro excepcional de María Guiomar por clase y bravura, que ya enseñó el envite inicial con Campina, pero que Diego plasmó sobre el ruedo de Los Califas con el gran Nazarí. No se puede encelar con más precisión ni conducir la embestida de un toro con mayor pulso y a menor distancia. Y así, todo el diámetro del ruedo, con la gente poniéndose en pie y asombrada por semejante exhibición de toreo a caballo. Brutal, colosal. Con el eco aún candente por lo vivido, sobrevino el susto porque el jinete cayó con Fabuloso ante la misma cara del astado de Guiomar. No pasó nada de lo que pudo pasar y Ventura siguió toreando como si nada. Con Bronce en esta ocasión. Ya lo saben: sobre el alambre de lo imposible que deja de serlo porque Bronce lo hace todas las tardes. El remate de Diego a su obra fue implacable con Güero y la Puerta Grande de Córdoba descorrió sus cerrojos para que el rejoneador de La Puebla del Río siguiera con su paso marcial de la temporada: de triunfo en triunfo, de maravilla en maravilla.

Nada tuvo que ver su primer toro, agarrado al piso, apagado y sin romper nunca de verdad hacia adelante. Ni se tapó ni se justificó el torero cigarrero, muy por encima de las opciones de su materia prima. La cumbre llegó con Lío al clavar al quiebro. Banderillas sensacionales citando muy en corto, jugando al límite con los tiempos, exponiéndolo todo en cada batida tan de pitón a pitón. Tenía, al menos, una oreja en la mano, pero se demoró con el rejón. Las cartas quedaron entonces encima de la mesa para lo que vino después: una de las grandes faenas de esta temporada de Diego Ventura.