El norte de todas las cosas

22/07/2018

SANTANDER
Ovación y dos orejas
Los Espartales

 

 

Todas las cosas de la vida tienen un norte. Un sentido. Una coherencia. Lo contrario, va contra el sentido y contra la coherencia. Y, por tanto, contra el norte de las cosas. Ya lo reclaman cada vez más los públicos y cada vez más los medios de comunicación: no tiene sentido que Diego Ventura falte en algunas de las grandes plazas del norte. Porque donde sí está (Santander, Gijón, Pontevedra…), las cosas recuperan su norte. Su sentido y su coherencia. Y las plazas se llenan. Por eso fluyen los momentos tan grandes como toda la tarde de hoy en Cuatro Caminos, una de las plazas franquicia del jinete cigarrero. Una de las ciudades donde se le aguarda y se le recibe con expectación y alegría, las mismas que luego evolucionan a pura felicidad. La que hoy experimentó el público en el desarrollo de otra exhibición de un hombre empeñado en reivindicar su grandeza desde la humilde constancia del día a día, del paso a paso.

Brutal. Así ha estado Ventura hoy en Santander. Brutal. Con la redondez que ha convertido ya en su forma de estar siempre. Con una cuadra que crece y crece deparando cada tarde pasajes de absoluta perfección. Ya sean los consagrados, ya los más nuevos de sus pupilos. Desde ese capítulo nuevo en el libro de la historia de los caballos toreros más grandes que escribe a menudo Nazarí, a la iluminada esperanza que alimenta la capacidad sin techo de Importante, su hijo. Hoy en Santander, todo fue un despliegue. Del torero y de sus cómplices. Las dos orejas que le abrió la Puerta Grande se las cortó al segundo de su lote, como toda la corrida, de Los Espartales. Un toro que superó los 600 kilos, cuajado y hondo, que paró con dos rejones de castigo con Lambrusco para, a continuación, empezar a componer un excelso tercio de banderillas con el mencionado Importante. Por cómo toreó de costado, por cómo se dejó llegar al toro para clavar casi a los mismos pechos y, allí, salir de las suertes con piruetas que fueron como milagros que se sucedían uno detrás de otro. Puede que Importante haya protagonizado hoy la actuación más sobresaliente de la temporada de su debut. Se fue parando el cuatreño y expuso Diego con Bronce, toreando por la cara con la grupa, invadiendo los terrenos de las cercanías, retando. Se terminó de desatar la locura en los tendidos de Cuatro Caminos con el par a dos manos sin cabezada con Dólar, una suerte que tuvo la complejidad de lo aplomado ya entonces del toro, al que ahogó su peso. Pero ese momento fue también la comprobación de que Ventura no deja de perfeccionar la suerte, como tampoco de perfeccionar la doma perfecta con Dólar, sin riendas, con las piernas y casi con el corazón. Porque parece que caballero y caballo sintieran por igual. Qué cosas no deben transmitirse el uno al otro cuando van de frente al burel para hacer lo que nadie hizo nunca. Al menos, así. A diferencia de lo que pasó en su primero, ahora sí el rejón fue contundente y Santander se terminó de entregar a Diego Ventura concediéndole las dos orejas y el triunfo que ya es tradición por estos pagos.

Un triunfo que pudo ser aún mayor de haber terminado antes con su buen primer oponente, un toro que se movió y que lo hizo con transmisión. Material propicio para que el Genio dejara salir toda su genialidad. Derrochó torería el recibo y la forma de parar sobre la grupa con Guadalquivir, muy despacio, fijando la embestida con el poder de una caricia. Fue el preámbulo de una nueva exhibición de Nazarí, capaz de seguir ampliando su leyenda. Su concepto del temple, su forma de interpretarlo supera ya lo conocido. Hasta tres vueltas al ruedo cubrió con el toro hipnotizado a su ritmo de seda. A continuación, Lío le hizo los honores a su nombre en tres palos al quiebro dando todas las ventajas de su querencia al astado, a la vez que le perdía pasos hasta que se frenó en seco para batir, clavar y salir en lo que Santander saltaba de sus asientos. Un hervidero de emociones desatadas la plaza ante tamaña demostración de magisterio y de capacidad de Diego Ventura, que detuvo el tiempo ralentizando su duración en el carrusel de cortas con Remate. No fue justo ese medio rejón, pero, lo que son las cosas, sí dio lugar a que echara pie a tierra, tomara la muleta y el descabello y dejara un puñado de doblones muy por abajo y hundiendo el mentón en el pecho que derrocharon torería a raudales. La ovación fue atronadora y unánime, de las que abrazan, de las que declaran amor eterno. El de Santander a Diego Ventura. Por eso aquí todas las cosas tienen su norte.