02/11/2018
SAN LUIS POTOSÍ
Ovación y dos orejas y rabo
Santoyo
Gustaba decir al maestro Antonio Chenel Antoñete que, en el toro, lo bueno, pronto y en la mano. Una máxima que Diego Ventura ha hecho suya para entrar en México por la puerta grande del cariño, la admiración y el fervor de la gente después de regalarle una noche de rejoneo total en toda la extensión del término. Del rejoneo que es dogma y del rejoneo que eriza la piel. Del que convence y del que enamora. Del que conquista y del que arrebata. Y ello, ante un lote de toros de Santoyo que se dejó sin conceder demasiadas alegrías. Dio igual, que ya lo puso todo Ventura. El torero cigarrero le dio la vuelta a la Monumental El Paseo en sus dos actuaciones, si bien, fue la segunda de ella la que remató con un triunfo colosal e incontestable de dos orejas y rabo tras una faena a la altura del premio. No concedió un segundo de tregua desde el mismo momento en que recibió a su enemigo a portagayola. Fue el comienzo de todo lo demás, que fue mucho. Se dio por entero Diego, como si no le quedaran más tardes en México, como si tuviera que ganarse a bocados la siguiente oportunidad. El tercio de banderillas fue un libro abierto por el capítulo sobre cómo lidiar y cuajar a un toro con tan poco dentro. Porque se paró pronto y se prestó casi nada. Pero se montó el torero encima de él, irrumpiendo en sus terrenos, en su propio espacio físico. Provocando allí donde ya no hay margen para la reacción, metiéndose bajo el mando de su dominio todo lo renuente del ejemplar de Santoyo. Una y otra vez. En el tercio o por los adentros. Pasando entre el toro y las tablas como el niño que gusta de tentar al riesgo. Pero tenía que ser así. En Diego, siempre es así porque eso forma parte de ser él. Puso el tendido en llamas de felicidad y lo terminó de desatar con el par a dos manos sin cabezada que hizo que el público se frotara los ojos. Remató a lo grande lo que sólo podía terminar de esa manera y se alzó con su primer gran éxito en la temporada de su reencuentro con México. Le faltó a Diego Ventura en su primero sólo la rúbrica, porque la faena de su estreno lo tuvo todo. Fue una exhibición en toda regla, un despliegue de su concepto basado en un sentido máximo del temple que se levanta, a su vez, sobre el pilar inexcusable de la pureza. Y se entiende ésta por pisar los terrenos donde todo es más comprometido, más exigente y, como consecuencia, más de verdad. Más puro, en definitivo. Así lo hizo siempre el jinete de La Puebla del Río ante el toro de nombre Príncipe-335, también de la ganadería de Santoyo, que se dejó sin más y al que le faltó transmitir. Se advierte en ocasiones de las diferencias de las embestidas española y mexicana y del lógico período de acople entre ellas cuando, como es el caso, media tanto tiempo sin exponerse a la segunda. Pero nada de ello se notó en el trasteo de Diego, que enseguida se adaptó a la condición de su oponente, le cogió la medida exacta de su ritmo y lo acomodó a su gusto para, en adelante, ir dando forma a una obra que, a veces, fue caricia y, a veces, torbellino. Por el terciopelo de su fondo magistral y dominador y por lo apasionada de sus formas para conectar tanto y tan pronto con el tendido, por cierto, lleno hasta las trancas. Lo dicho, sólo faltó la rúbrica porque se torció el trazo último de una composición impecable y muy en Ventura. Es decir, cumbre.