El toreo es Sueño…

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Debía ser esto, Diego, aquello que ya quisiste hacer la primera vez que don Ángel te invitó “a darle una vuelta a la vaca”. Tenía que ser justo esto, Diego, lo que forjabas en tu mente callada cuando veías entrenar a los Peralta y a tu padre al abrigo de la brisa de las tardes poniéndose en el horizonte de La Puebla. Debía ser precisamente esto, Diego, aquello que te prendía de llamas tus entrañas de niño que ni podía ni quería poner límites a lo que soñaba. Tenía que ser esto, Diego, aquello que viste muy a lo lejos, muy en el horizonte, pero que lo viste, la primera vez que te subiste a los lomos de Tul, aquél que fue el primer cómplice de todo lo que querías ser. Seguro que era algo así aquello que sentías cada vez más próximo cuando montabas a Distinto y a Pegaso y hacías con ellos cosas a los toros que no se habían hecho nunca antes por puras y por tan de verdad. Tiene que ser justo esa felicidad de ver a Madrid otra vez rendida a tu capacidad y a tu magisterio la que sentías que se te escapaba entre los dedos cuando, justamente, veías cerrar los ojos ya para siempre a Distinto y a Pegaso, porque eran ellos lo que siempre habías soñado y la vida te los arrebataba antes de que el sueño se te cumpliera…

Porque es difícil imaginar algo más grande que lo de hoy en Madrid, Diego. No resulta fácil pensar que pueda haber ya más apuesta y más compromiso que en esos recortes tan por los adentros con Sueño justo en el metro cuadrado de ruedo de Las Ventas donde ya no quedaba espacio para hacer lo que has hecho. Cuesta trabajo imaginar que se puedan repetir dos momentos como ésos que has cuajado dejándote venir de frente al toro de Guiomar, con todas las ventajas para él, él hacia adelante y tú, hacia detrás, esperándolo hasta la extenuación para explotar tú hacia adelante cuando más por delante lo tenías a él, quebrarle, clavar y salir tan heroico de la suerte. No es sencillo convertir a la primera plaza de toros del mundo, a la más exigente, en un manicomio tal de emociones derramadas como si fuera una cascada de felicidad incontenida. Es de otro mundo todo eso, Diego. Pertenece al nivel de la fascinación, de la fantasía, de la locura más genial, de la genialidad más luminosa, de los sueños.

Sueño… Qué palabra para explicar tantas cosas de tu vida. Sueño… Qué nombre más exacto para un caballo tan perfecto. Más parece -y perdona el atrevimiento, Diego- que hubieran tenido que morirse Distinto y Pegaso para que él naciera. Acaso como si Distinto y Pegaso se hubieran reencarnado en él, complementándose, fusionándose, para que él viniera y te recompensara de cada lágrima en silencio que se te escapó cuando ellos se te escaparon. Sueño… Es justo lo que ha vuelto a pasar hoy en Madrid, en Las Ventas, en la primera plaza de toros del mundo, en la capital universal del toreo, en el escenario más grande para las obras más grandes. Un sueño en carne viva hecha realidad para 16.000 personas, menos para una. Perdona también por este atrevimiento, Diego, pero ¿qué más da? ¿Que no son trece, que siguen siendo doce? ¿Y qué? ¿Que ha sacado la regla para medir los sentimientos? ¡Peor para él! Después de la que has formado, después de lo que has concebido, después de lo que has vivido y has sentido, después de lo que le has regalado a las miles de personas que hoy de nuevo te han aclamado, ¿qué más da? Si queda tiempo y el tiempo corre de tu parte. Una oreja, dos, un rabo… ¿Para qué poner un número a lo que ya para siempre será la faena de Diego Ventura en Madrid con Sueño…?

¿Y Nazarí? ¿Cómo es posible que un caballo, que un animal, tenga tamaña inteligencia, un corazón tan grande y pulso tan de seda para convertir en compás hasta un huracán? Él sale, se va a por el toro hasta entonces huidizo, se lo trae, lo engarza a sus pechos, lo cose a milímetros, le esculpe la velocidad y lo conduce a lo largo de plaza y media ante el clamor de miles de personas asistiendo a la gran certeza de que los milagros existen… Qué belleza de conjunto, qué locura de toreo, qué capacidad la tuya, Diego Ventura, para regalarle a la historia caballos con nombre propio con los que ella ni siquiera fue capaz de soñar nunca… ¿Qué pinchaste luego? ¡Bueno y qué! Si las orejas, al final, son cuestión de pañuelos y aquí hablamos de toreo. De aquel toreo que se te encendió en el alma la primera vez que don Angel te invitó “a darle una vuelta a la vaca” y que tú hoy sigues elevando a la dimensión exclusiva de los sueños. Porque el toreo es Sueño, Diego Ventura, y Sueño, el cenit, el culmen y la cima de todo aquello que siempre quisiste lograr y que ya tienes en tus manos.

7/5/2016 Madrid
Balance: ovación y oreja tras fuerte petición de la segunda y dos vueltas al ruedo
Ganadería: María Guiomar Cortés de Moura 

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