Los niños de La Puebla ya nunca olvidarán la décima…

Niños en Sevilla

Nada sabía Diego Ventura de la que le aguardaba al llegar a la Maestranza de Sevilla. Fue bajarse del coche de cuadrilla y llegarle un rumor de apenas unos metros después. Un rumor que traía y llevaba su nombre, en volandas. Venía de la calle Iris, ese pasillo último que pone a los toreros ante la plaza. Dobló la esquina el rejoneador con la prisa propia de la responsabilidad, con la necesidad imperiosa de montar y sentirse ya sólo torero ante lo que estaba por venir, y se encontró ante sí con un huracán rojo pasión que llevaba tatuado en el pecho un lema, una razón de ser: La Puebla con Ventura. !Ventura, Ventura! ¡Se nota, se siente, Diego presidente!… Eso le coreaban mientras alzaban sus manos para tocarle, para saludarle, para sentirle más cerca que nunca ahora que el hombre presto estaba a convertirse sólo en héroe. Su héroe es él. Diego Ventura es el héroe de los 150 niños y niñas de su pueblo, La Puebla del Río, a los que el propio rejoneador invitó a acompañarles en el reto de abrir por décima vez la Puerta del Principe. En correspondencia, ellos se fueron a sorprender al jinete esperándole en el umbral mismo de la Maestranza.

Se detuvo Diego ante sus jóvenes partidarios, saludó a todos los que pudo, tratando de devolverles tanto cariño y tanto apoyo. Al otro lado de la calle, la otra marea, la azul en este caso, la llegada desde Escacena del Campo de la mano de Andrés Romero, le jaleaba también y le aplaudía. Fue un momento mágico y emocionante para quienes lo vivieron. Los niños y las niñas, sus padres, el torero y todo el público que por allí pasaba y que, irremediablemente, tenía que detenerse para participar de aquel espectáculo: el toreo puesto en manos de los niños para que ellos lo hagan suyo ahora y para siempre. Ventura se perdió camino del patio de cuadrillas de la Maestranza. Lo hizo con un convencimiento aún más prendido en su ambición: no quedaba otra más que triunfar otra vez, a lo grande. Es lo que ellos merecían. Lo que no olvidarían nunca…

Durante la corrida, desde el paseíllo hasta la propia salida en hombros, pasando, por supuesto, por la vuelta al ruedo final, los pequeños de La Puebla del Río demostraron su felicidad y su entusiasmo al término de una tarde de la que fueron protagonistas por méritos propios. Un pedacito de ellos se fue con Diego camino de la Puerta del Príncipe con el eco de fondo de una música celestial, bendita, la de un coro de voces rojas que aún hoy corean: Ventura, Ventura….

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